Para ser más eficaces y -a la vez- vivir más tranquilos debemos substituir la pregunta de ¿qué más puedo hacer? por la de ¿qué menos puedo hacer? ¡Cuántas cosas podemos dejar de hacer! ¡De cuántas podemos dimitir!

Durante años envié felicitaciones de Navidad en papel. Era mi momento para actualizar los contactos del año. Era todo un reto para mí. Logré la marca de quinientas felicitaciones, con textos personalizados. En Navidad no hacía otra cosa. Llegado un momento abandoné esa práctica; primero un año, y luego de forma definitiva.

Renunciar a hacer algo proporciona un sentimiento profundo de paz, empezando por renunciar a aquello que de hecho ya no hacemos. Cuando se acerca la Navidad y veo algún amigo ajetreado en esa tarea me invade un sentimiento de liberación. Y no tengo por ello menos amigos. Esta clase de obligaciones “impuestas” suelen provenir de uno mismo: no puedo perderme este programa; no puedo fallar a esta reunión de padres.

Me he ido jubilando también de obligaciones, como la de ver todos los partidos de fútbol que televisan o seguir el final de etapa del Tour de Francia. Parece obligado estar al día del festival de Eurovisión, de las carreras de motos y de la Fórmula 1, de la liga de baloncesto —la española y la NBA—, del ranking del tenis mundial, de los campeonatos internacionales de golf, la natación y el esquí… Hay que conocer la lista de los mejores cocineros del mundo y de magos, los Oscar —inexcusables — y de paso los Goya, los César y el Oso de Berlín. Yo había llegado a saber la clasificación semanal completa de los 40 Principales. Todo nos reclama estar al día, en un proceso frenético sin pausa.

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Reivindico la cláusula del descuelgue, el derecho a no saber, no estar al día. Hace tiempo me liberé de la obligación de comprar el periódico diariamente, y de la liturgia de su lectura matutina. Uno descubre entonces que no pasa nada, o no pasa gran cosa. Que se puede seguir siendo una persona informada. También se puede seguir teniendo amigos sin estar en Facebook o tener contactos profesionales sin estar en Linkedin. Incluso se puede ser un intelectual mediático y ¡no tener teléfono móvil!, como es el caso de mi colega Francesc Torralba.

Para sobrevivir en un mundo saturado, es imprescindible incorporar estrategias de jubilación. Dejar por ejemplo de responder correos electrónicos —para lo cual es mejor destruirlos que archivarlos—, o dejar de buscar nuevos contactos –bastante tenemos con activar los actuales-.

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Aprender a trabajar lo peor posible, en el mundo electrónico. No corregir la ortorgrafía de los correos, enviarlos sin asunto, reenviarlos sin añadir una coma, olvidar el formato. Dejar de contestar las llamadas perdidas, que por la ley de Murphy son realmente perdidas, y cuando las intentas responder se crea un diálogo cómico entre desconocidos acerca de quién llamó primero… ¿No os parece que este es el camino hacia esa paz que anhelamos, especialmente en estos días?

Feliz Navidad.