“Oit points” & “Yuro-pantsson algunas de las perlas con que Carolina Casado nos deleitó en sus 50 segundos de gloria en el pasado festival de Eurovisión. Sólo tenía que decir tres números. ¿Ensayó poco? En sus disculpas habla de nervios y de la tecnología. Yo me pregunto ¿puede una presentadora de la primera cadena quedarse diez segundos ante toda Europa sin saber qué decir? Me parece que el nivel de inglés no es el problema. ¿Sabemos hacer nuestro trabajo?

A pesar de los tópicos sobre nuestro bajo nivel de idiomas, no tengo ninguna duda de que el número de profesionales en España que dominan el inglés es mucho mayor que en Montenegro o San Marino. Lo que también tengo claro es que este criterio ponderó poco, cuando la organización española del festival escogió su portavoz. ¿Qué otros criterios pudieron prevalecer?

En su afán por arreglar las cosas Carolina –supongo que asesorada por su equipo de comunicación- pidió disculpas, “no tanto por haber dicho oit, pues soy perfectamente capaz de pronunciar eight en inglés” -como efectivamente había dicho en un primer momento. Si no por no ser capaz de no despistarse: “esto como profesional lo llevo muy mal”, admite.

Volvemos al mismo punto: ¿qué sentido de lo profesional tenemos? Yo pensaba que ser presentadora de televisión consiste precisamente en saber gestionar el directo ante una cámara. ¿Os podéis imaginar que un vendedor sea tímido, que una azafata tenga miedo a volar o a un contable le bailen los números?

No nos atrevemos a reconocer nuestras incompetencias concretas: soy malo escribiendo o hablando, no tengo ideas creativas, soy lento, no me gusta estar con la gente, no soporto trabajar detrás de un ordenador. Pero así, cuando hagamos la lista exhaustiva de nuestras competencias tampoco significán nada.

Nos domina un concepto voluntarista de la profesionalidad. Lo importante es que se hayan echado horas o que se sea buena gente. Resulta que todos tenemos gran potencial, si adoptamos la actitud adecuada. Subrayamos tanto las habilidades soft que dejamos de lado el rigor, el duro entrenamiento, el oficio. El talento como algo que se recibe al inicio de la partida. Todos tenemos talento para algo -no lo dudo- pero no tenemos talento para todo.

Hay que (re)descubrir las microhabilidades de cada puesto, que se notan especialmente cuando fallan. Cuántos tenderos que no saben distinguir la lana del algodón, o camareros incapaces de explicarte la salsa que lleva el plato que sirven. Creo que en esto vamos para atrás. Últimamente me he encontrado taxistas encochando transversalmente al sentido de la marcha, que no siguen las indicaciones de dirección pintadas sobre los carriles, cruzando un paso cebra en hora de salida escolar a toda velocidad, que no saben dónde está el Hospital Clínico, o tienen encendido el aire acondicionado en diciembre porque nadie les ha explicado cómo se apaga.

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Acabo de venir de Washington de un congreso de 10.000 profesionales de todo el mundo, sobre herramientas para formación en las empresas. Impresionante: metodologías, experiencias, cuestionarios, programas de informática… De España cuatro gatos. Aquí apenas existe la profesión. Yo he tenido mi particular crisis de identidad: ¿acaso soy un Trainer? ¿O más bien soy un bloger o un business thinker?, ¿o un simple profesor universitario o un coach, un consultor o fundamentalmente un speaker?

Aquí todos hacemos de todo. ¿Se supone que tenemos que saber de todo? Nos gusta interpretar “tots els papers de l’auca”. Es nuestro mundo Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Una aproximación “artesana”, en la que nadie coopera horizontalmente con nadie, porque todos competimos por todo el espacio. ¿Por qué comprar a otro un video formativo si lo puedo piratear? ¿Por qué encargar a otro el coaching, si puedo ser formador, speaker y coach? El mismo que vende, diseña, audita y forma.

Como consecuencia tenemos dificultades para crear organizaciones de envergadura. ¿Por qué las empresas grandes de servicios profesionales (publicidad, consultoría) compuestas íntegramente por locales tienen que desarrollarse bajo un escudo anglosajón? No creo que los norteamericanos sean más listos. Pero hay que reconocerles una capacidad mayor para especializar y repartir sus tareas. Y así poder acometer proyectos tan complejos como producir una película.

Hay que descubrir el “we can do anything but not everything”. Si centras tu talento en una actividad lo desenfocas de otras. El concepto de superdotado no existe para los adultos. Porque ya han cristalizado el gran potencial en algo concreto, y se han incapacitado para los demás campos. A lo largo de una vida, la gente normal, podrá destacar en pocas cosas. Lamento decepcionaros.

Ya lo decía Baltasar Gracián (1647). “No se puede vivir sin entendimiento, propio o prestado; pero hay muchos que ignoran que no saben y otros que piensan que saben, no sabiendo. Los errores de la estupidez son irremediables, pues como los ignorantes no se tienen por tales, no buscan lo que les hace falta. Algunos serían sabios si no creyesen serlo”. Y con esto y un bizcocho hasta mañana a las Oit.