Ayer tuve el honor de ser protagonista de La Contra de La Vanguardia “El Afán de Perfeccionismo nos hace Incompetentes“, gracias a la gran profesional Inma Sanchís. He recibido muchas felicitaciones de muchos de vosotros, que os agradezco, aunque lógicamente también alguna matización o incluso crítica. Mis hijas han sido aplaudidas por las profesoras en clase, pero no acaban de entender de qué habla su padre en el libro. Y no son las únicas. Hoy sin embargo todo ha quedado más aclarado porque -una vez más y como pasa siempre- la realidad supera la ficción y de qué manera: “Quince nadadoras denuncian los abusos de Anna Tarrés“, hasta ahora seleccionadora del equipo de natación sincronizada.

Anna Tarrés ha sido la artífice indiscutible, a lo largo de 15 años de trabajo, de la mayor cosecha olímpica de la historia del deporte español: 55 medallas. Ahora resulta que “Esto es una dictadura y yo soy la dictadora”. Y nos escandalizamos de que te hagan vomitar en la piscina olímpica. Y nos preguntamos -con razón- si vale la pena el éxito a cualquier precio. Claro que no. El afán de perfeccionismo nos hace descarrilar, aunque sea rodeados de medallas, cámaras de television y dinero -la mayoría de nuestros impuestos. No es posible tener una cosa sin otra. Buscar la perfección nos lleva a todo tipo de “abusos”. Conocemos -y la mayoría no salen a la luz- gran número de casos similares en gimnasia, patinaje, futbol, natación, ciclismo… es general.

Quién quiere llegar al límite de las fuerzas, quién quiere agotar el tema, acaba agotado y agotando. Y se deja en el camino unas vidas familiares que no llegan a desarrollarse, una vida social y local que irreparablemene se rompe, se pierde el trabajar con alegría, la armonía de las amigas, el aprecio a/de los jefes. Proliferan los conflictos, las rencillas y los odios. Nadie dice, sabe ni piensa la verdad.

Lo siento, aunque se me ha criticado bastante por ello, estoy convencido que tenemos que trabajar menos para trabajar mejor, y sobre todo para vivir mejor. Y detener, urgentemente, esta sangría de estrés y depresión adolescente que estamos generando con tanta hiperexigencia escolar. Mi hija de 11 años se acuesta a las 12 de la noche ya en septiembre porque le tienen que llegar unos deberes via internet. Si luego se quedará en blanco en el aula, y en la vida, cuando le falten los reflejos rotos por el sobreesfuerzo. También creo que se jugaría mejor al fútbol sin tanta exigencia: más limpio y bonito.

El Japonés que Estrello el Tren para Ganar Tiempo (80 segundos concretamente), no es un cuento de management que me he inventado (he adaptado el look del blog al nuevo libro). Es una trágica realidad que nos sirve cómo metáfora para escarmentar en cabeja ajena. Para detener tantas vidas profesionales, personales, educativas y empresariales que descarrilan cada día, más y más tempranamente. ¡Ojalá de la crisis aprendamos esto! y no a presionar más todavía.

¿Cómo podemos descubrir un tipo de empresa, de economía y de sociedad que -cómo en las actividades extraescolares del colegio- lo importante no sea la orgullosa y ridícula pretensión de ser el mejor nadador del mundo, sino cómo mucho el mejor nadador de la clase?. En realidad ni eso, porque sólo nos interesa de verdad que los padres y hermanos vengan a vernos y se sientan orgullosos de nosotros, aunque llegemos últimos. Ese esfuerzo sí vale la pena.