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Había una vez un tendero que vendía salchichas en la carretera. Con el tiempo amplió el aparcamiento y puso un cartel luminoso que incrementó la concurrencia. Pudo así enviar a su hijo a estudiar economía. Con el consejo de sus profesores, pronto alertó a su padre de que venían tiempos difíciles y era recomendable dejar de invertir. Su padre desconcertado, ante la insistencia de expertos, acabó por recortar la promoción. Progresivamente menguó la clientela, hasta que cerró. Al final el padre tuvo que dar la razón al hijo: “la crisis era más seria de lo que había pensado”.

Esta historia del profesor Pereira -de empresa no de economía- caricaturiza magistralmente nuestra situación, y apunta por contraste, la vía de la recuperación. ¡Dejemos la economía!, que igual remonta. Efectivamente, hoy la prima de riesgo ha tomado la calle. Me pregunta por ella el portero; también mi hija adolescente, que en cambio no se pregunta cómo podemos ingresar más y sigue presionándome para que le compre un i.phone.

La economía macro-financiera está demasiado presente en detrimento de la economía real que es de empresa. El día que vi al presidente deprimido por una décima de inflación me deprimí yo. En las páginas del diario podemos leer: “El ministro pide una tregua de seis meses a los mercados”, “La incertidumbre dispara los depósitos en el BCE”, “Los agentes sociales se reúnen con la ministra”. Pero poco habla de iniciativas, trabajos y tendencias; de qué sabemos hacer y qué nos gusta comprar. Las empresas están tan mal vistas que no es legítimo citarlas en las noticias con su propia marca. Se habla de índices y sectores, pero no de quién arranca proyectos empresariales. Si eres cantante o escritor, sí se te puede hacer propaganda oficial.

La empresa es la causa, la economía la medida. El economista ve sólo lo cuantitativo. Para flexibilizar el mercado de trabajo piensa en bajar los sueldos (el precio). Desde la empresa se mira lo cualitativo, la gente. Cómo a los ex empleados de Lehman Brothers de EEUU no se les caen los anillos por trabajar de camareros. Aquí acaban ministros, de Economía precisamente.

La economía es demasiado importante para dejarla en manos de los economistas. Por eso propongo acabar con el ministerio, con sus analistas de gafas miopes y solemnes informes. Cerrar la facultad de economía, refugio de matemáticos con nula sensibilidad empresarial, ni coraje para emprender. Y revitalizar los estudios de empresa, invadidos hoy por la economía. Es más fácil enseñar economía a un buen empresario –la aprecia-, que tratar de enseñar empresa a un buen economista –la desprecia. No la sirve para sus modelos.

Muchos factores económicos siguen la “fatalidad del frio en los pies”. Si no lo piensas, no lo sientes; pero si te lo preguntas ya no tiene solución. Es la paradoja de la confianza, que desaparece cuando más insistes en confirmarla. El problema de la prima de riesgo va por aquí. También pienso que la inflación desaparecería si se dejase de calcular.

No hago un panfleto iconoclasta. Muchos ya han visto esta necesidad de ampliar el punto de vista. La economía real tiene razones que la académica no puede entender. Ya en 1994 Ormerod denunciaba una economía vacua, con nula capacidad predictiva. Su hija de 6 años aproximaba las variables macro mejor que los expertos The Death of Economics.

Urge reinstaurar la dimensión política y humana de la economía. Aristóteles es su fundador antes que Adam Smith. Volver al sentido de oikos-nomía (normas de la casa). El mercado no existe, como una señora gorda que lo compra todo. Existe un conjunto insimplificable de gente que compra productos por diferentes motivos. La partida se juega a este nivel. Un amigo mio ha decidido comprar judías cultivadas en Europa, aunque sean más caras que las de Marruecos.

No hablemos de oferta y demanda de trabajo. Miremos más bien qué sabe hacer la gente, qué quiere hacer y qué queremos que nos hagan. No existe un equilibrio general del mercado laboral. Existen infinidad de campos en equilibrio o desequilibrio: sobran expertos en publicidad y simultáneamente no encontramos fontaneros V Jornadas de Economía Crítica.

Si entras a una clínica de regeneración capilar, no te dará confianza que te atienda un calvo. ¿Qué exportaciones tiene en su haber el ministro de industria y comercio? ¿Por qué no cambiamos estos perfiles tan políticos y tan económicos? ¿Por qué no preguntar sobre empleo a quién lo genera? Iré sacando ejemplos.

Hablemos de Juan Roig y su Mercadona, que ha contratado 1.500 empleados -ya son 62.000. Es un empresario “atípico”: no está en bolsa, rechaza miembros independientes en su consejo. Centrado exclusivamente en el mercado nacional. Sus últimos resultados se presentaron en una nave industrial de su panificadora en Puzol. Compareció ante un mostrador con tomates y alcachofas y apoyándose en un boli Bic. Hay que fomentar esta cultura de negocio: productividad, ahorro, sencillez y continua mejora. Pone de ejemplo “la genialidad” de Francisco Gil, proveedor de Castellón que ha logrado que las anchoas no vayan envasadas en cara hojalata, sino en plástico. “Sin descuidar calidad ni seguridad alimentaria. Hemos podido bajar el precio de cada lata en 25 céntimos. Subimos ventas y ahorramos tres millones de euros al año”. Curiosamente fue la única personalidad que rechazó la convocatoria del último presidente de Gobierno para hablar de empleo. Debería estar ocupado generándolo.

El gobierno debería hacer obligatorio para políticos, profesores y estudiantes -y recomendable para cualquier ciudadano- el discurso del profesor de empresa Pedro Nueno. Revela ejemplos concretísimos de nuestras posibilidades económicas (perdón, empresariales), para salir de la parálisis derivada del victimismo de “la que está cayendo”.

“Yo creo que se equivocan tanto los cínicos, que dicen que no hay nada que hacer, como los utópicos, que piensan que es posible un mundo mejor. Yo creo en miles de micromundos mejores” (Fdez Aguado). El poeta Joan Maragall decía: “ama tu oficio/ como si de cada martillazo/ dependiera la salvación de la humanidad”(Elogi del Viure). O como decía de forma más prosaica mi hermano de Londres: “salgo cada día a correr, a menudo hace mal tiempo, pero me pongo el chubasquero”.