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Diez días después del accidente aéreo, congelados sobre un glaciar a 3.500 metros llegó la información. “¡Eh, chicos!, hay buenas noticias. Acabamos de oírlo en la radio. Han suspendido la búsqueda’. Se hizo el silencio dentro de la cabina llena de gente, y según les iba invadiendo la desesperanza por su difícil situación, gimieron: “Por qué diablos son buenas noticias? -Páez gritó enfadado a Nicolich. Y éste contestó “Porque quiere decir que vamos a salir de aquí por nuestros propios méritos”(La Tragedia de los Andes).

Las situaciones críticas ponen al descubierto el talante del jefe, su mezquindad o heroísmo, sus ángeles o demonios enmascarados en la rutina del día a día. En el borde del abismo se disciernen los espíritus. He aquí el corazón del momento actual, el dilema del dirigente ante la crisis. ¿De qué lado quedamos?

El jefe mezquino se queja del tiempo que le ha tocado vivir. Cuántos directivos solo descolgar el teléfono, empiezan a refunfuñar del día que llevan, de su apretada agenda, de que ya sea diciembre, del sector, de China, del gobierno, de sus empleados… No es extraño que luego se sientan “forzados” a renunciar a cualquier plan de mejora y cancelen la formación.

El victimismo latino es proverbial: nos quejamos del calor en verano y del frío en invierno, de la hora que es, del cambio de hora, de nuestra ciudad y su tránsito, del alcalde que hemos votado. Hay gente que se queja de ser alto o bajo, de haber nacido hombre o mujer; de la carrera que estudió, de la edad que tiene o la familia que ha formado.

¡Qué nos dirá de esto un jorobado!: “sólo las naturalezas inferiores encuentran en otros la justificación de sus actos (…) encuentran las premisas de sus actos fuera de sí mismos [Y añade] sólo las naturalezas inferiores se imaginan que se les está engañando” Kierkegaard (K). ¿Les suena de actualidad? Prohibido pensar en los políticos.

El jefe magnánimo reacciona con aplomo ante la realidad que tiene enfrente. No anhela el pasado -lo agradece– y piensa cuál es el camino que toca emprender ahora. Un directivo de empresa farmacéutica ante la drástica reducción de márgenes por el cambio legislativo comentaba: tendremos que cambiar nuestra idea de negocio, convertirnos quizá en asesores directos de soluciones para médicos. Y con el mismo coraje, se atrevía a bromear que había descubierto que su brazo tenía poderes mágicos, porque le habían diagnosticado una grave lesión medular que se lo insensibilizaba.

El jefe mezquino cierra los puños y aprieta el acelerador; practica la DPP (Dirección por Presión). Aprovecha la crisis para amenazar y subir la voz, aumentar las cargas -dos puestos una sóla persona- o hace venir a trabajar los sábados (no invento nada). En lugar de escuchar y hacer piña, prefiere apretar las tuercas y sacar el látigo. Cómo hemos dicho, “somos más incompetentes de lo que pensamos, pero también tenemos más potencial del que creemos”. En tiempos de crisis ese potencial debe aflorar. El mezquino se pone nervioso, se fija en lo que va mal, se sensibiliza con los errores ajenos, restringe la información y aumenta el control. Se centra en las gráficas, en el corto plazo, dirige con decimales. Hace política de denominador.

Dejemos de estar pendientes del reloj y miremos al calendario. Hay que pensar en grande. No ser resultadistas. “Desde que el mundo fue creado, ha sido siempre regla común que el resultado venga al final, y que si se quiere aprender algo de los actos grandiosos, hay que prestar atención al modo en que se iniciaron. Si quien va a obrar pretende juzgarse antes a sí mismo por el resultado, no comenzará nunca. Si el resultado alcanzado podrá o no llenar de júbilo al mundo, es algo que no sabe de antemano”(K).

El jefe magnánimo gasta lo que debe, aunque deba lo que gasta -en expresión feliz de Escrivá. Una condición esencial para cualquier gran proyecto, hacer política de numerador. Ya sé que esto va en contra del principio económico de la escasez. Pero es que la economía explica solo una pequeña parte de la realidad económica. Es la lógica de los recursos frente a la lógica de las capacidades y las ilusiones. La generosidad recompensada (Gilder), que se produce con la iniciativa empresarial. Si no nos movemos hasta disponer de recursos suficientes no saldremos de la casilla de salida. Seguiremos mirando afuera esperando que nos caiga la lotería.

Sí, estimados directivos, en este fin de año en nuestro cansado occidente, “harto ya de estar harto ya me cansé, de preguntarle al mundo la crisis porqué”. Lo que sí sé es que sólo podremos salvarnos por la esperanza, si pensamos que lo mejor de nuestro futuro está por venir. ¡Aquí nadie se jubila! como Leopoldo Abadía que a sus 75 años se descubre como fenómeno mediático, o Moises Broggi a sus 104 aspirando a senador. “Quien espera siempre lo peor se hará muy pronto viejo: sólo quien cree conserva una eterna juventud. Sara siendo de edad avanzada fue lo bastante joven como para anhelar el regocijo de ser madre y Abraham, aunque encanecido por la edad, fue lo bastante joven como para desear ser padre”(K).

Cuando el año acaba recomienza la vida, la esperanza, nace un niño y volvemos a ser jóvenes. En este nuevo año 2012 las cosas van a ir de perlas. Viviremos el mejor de nuestros mundos posibles. Basta de decir que seremos la primera generación que vivirá peor que sus padres: “cada generación ha de empezar exactamente desde el principio, como si se tratase de la primera; ninguna tiene una tarea nueva que vaya más allá de aquélla de la precedente ni llega más lejos que ésta, a no ser que haya eludido su tarea y se haya traicionado a sí misma”(K).

Acabo con el periodista catalán Eugeni Xammar en su primer año de exilio -tras perder una guerra: “en esta noche de una Navidad triste y oscura, os invito a abrir el ventanal como un acto de esperanza. Hace frío. No se ve nada. Todo es negro. Pero si ponéis voluntad de escuchar, oiréis la voz del ángel“ El Nadal que no vam tornar a casa, Quim Torra.