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El primero de la clase se encuentra al peor en un Porsche. ¿Veo que te va bien la vida? Y contesta “sabes que no acabé el bachillerato, me puse a trabajar. He hecho de todo. Ahora tengo un negocio: compro a 100, vendo a 200, y con este pequeño 2% voy tirando”. Yo me pregunto: ¿qué fomentamos: el cálculo de porcentajes o el comprar a 100 y vender a 200?

 Un colega de marketing, cuyas clases precedían inmediatamente a la de matemáticas, cuando notaba a los alumnos excepcionalmente concentrados, sabía que a continuación tenían examen y repasaban. La matemática es el modelo de materia, de explicación, de ejercicio, de pregunta preguntable, y la forma de evaluar aceptable.

El paradigma matemático dificulta el sentido común de negocio. Siempre me acordaré de la presentación de un plan de empresa: una pescadería. Estaba elaborado, tenía estrategia de marketing, plan de recursos humanos y constitución jurídica. Pero eché en falta la política de precios y así lo subrayé. Ante mi insistencia, los alumnos perplejos respondieron: nos han enseñado que el precio lo ponía el mercado.

El fundador del management decía: “nadie niega que las matemáticas son una rama importante de la enseñanza. Pero no hay que perder de vista el sentido de la medida. La filosofía, la literatura, la historia natural, la química, son también grandes factores de progreso social; ¿se extrae de ello el pretexto para imponer a nuestros futuros ingenieros muchos años de forzada cultura de estas materias? Se abusa de la matemática en la creencia de que cuanto más se domina tanto más se es apto para el gobierno de los negocios. Mi experiencia me ha enseñado que el empleo de las matemáticas superiores es nulo en el gobierno de los negocio.” (Fayol, 1916).

Yo defiendo las matemáticas aproximadas. La planificación exacta nunca se cumple. La verdad está en la rectificación y la replanificación. Hay que recuperar el sentido del orden de magnitud. ¿Vale la pena un sistema de costes para descubrir que el ladrillo cuesta 123 en lugar de 100, si lo venderemos a 2.000; pasar 10 minutos discutiendo un retraso de 5, o rellenar un impreso para solicitar otro?

Si los arquitectos construyeran los edificios como los ingenieros hacen sus cálculos, el primer pájaro carpintero acabaría con la entera civilización. Suerte, que al final todo lo multiplicamos por el 2%. Ninguna decisión significativa depende de un 10%: ¿cambiaríamos por ello de proveedor? (El problema de la energía nuclear es decidir con un horizonte demasiado largo para lo que sabemos).

Importa lo que dicen los números. Hacerles hablar –como propongo en mi tesis. ¿Tiene sentido que mi hija saque un 7,3 en la segunda evaluación de la asignatura de lengua, o que la distancia entre niveles de la competencia “empatía” sea cuadrática en vez de lineal? –caso real de empresa seria. No importa tanto si el incremento salarial es del 8 o del 16%, pero sí importa que a mi cargante compañero le suban una décima más.

Dar números exactos es siempre lo más fácil. El día que dejemos los decimales –por ejemplo- el maestro de mi hija tendrá que buscar novelas para que coja hábito de lectura. El día que dejemos los decimales tendremos que tener el coraje de reconocer que un trabajador es lento, rígido u orgulloso.

Mintzberg denuncia la academización de las escuelas de negocio. El problema es el modelo, dependiente de la economía. Se transmite un peligroso concepto de directivo que padece numeritis. Se cree que la empresa puede medirse sólo en números, cuando en la cuenta de resultados acaban contando más los intangibles: la fe en el trabajo no se mide en números.

¿Cómo valorar que el jefe es nuevo?, ¿qué pérdida supone meses de rumores de fusión? o ¿que el inventor de Bratz abandone Mattel o Steve Jobs Apple? Los números son objeto de culto. Los decimales crean una ilusión de objetividad: una cifra exacta nadie la discute.

Escuchemos la voz de El Principito “A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial. No se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?” En cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?” Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos: “He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado”, jamás llegarán a imaginarse cómo es. Es preciso decirles: “He visto una casa que vale cien mil pesos”. Entonces exclaman entusiasmados: “¡Oh, qué preciosa es!” (…) Nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números”.

La esencia de la dirección es la ciencia política -como defiende Valero– por encima de saberes como la producción o contabilidad. El razonamiento político (discurso, consensos, instituciones) debe dominar la mente y estudios del directivo. La matemática es un instrumento, toda la que es necesaria para dirigir –decía irónico- es sumar, restar, multiplicar y dividir, y si eres rápido multiplicando puedes olvidarte hasta de dividir. Por eso, como director del IESE, advertía que si se le acercaba un profesor con una derivada, sería despedido inmediatamente.

¡Qué pena dan esos políticos que nos gobiernan con decimales! ¿Gobiernan realmente? Ya dijo Aristóteles que los jóvenes pueden ser buenos matemáticos, pero no buenos políticos. Es preciso redescubrir la política y la empresa con horizonte, que la cifra no nos impida ver el bosque.

Este fin de semana me encontré con un mal alumno de hace años. Ahora es directivo y un gran vendedor –se excusaba por ello. Yo pensé que sintonizaría con Antonio Valero: que podría personificar la anécdota del 2%, que era como le gustaba abrir los programas para directivos de la que era (es?) la mejor escuela de negocios de Europa.