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“Tras la desaparición de Andersen duermo como un niño, me despierto cada día a media noche y lloro” decía Joe Bernardino, su último presidente. No es frecuente encontrar niños por los pasillos de las oficinas –sólo el viernes fuera de horario o en Kidzania.

Trabajo y niños parecen antitéticos. Vamos a la fábrica porque ya no somos niños, porque hace tiempo que nos afeitamos y sabemos que no existen los reyes magos. Pero ¿qué pasa en un centro laboral si entra un niño? Se convierte por derecho propio en el centro de las miradas. Los presentes sonríen, o abiertamente se ríen. Se rompe el rigor escénico. Aflora la ternura. ¿Nos interesan estos valores?

El mundo infantil desafía abiertamente el mundo de los negocios. La empresa es el ámbito del cálculo, de la planificación, del tener respuestas preparadas. El niño en cambio no planifica y tiene la memoria corta. Cada mañana abre una página en blanco y todo lo que no hace hoy se dispersa en un genérico mañana.

El niño hace las cosas mal –pero dejamos que así las haga. No pretende ser el mejor, sólo quiere ser mejor. No sabe, pero está dispuesto a aprender. Se equivoca continuamente pero insiste constantemente. Lo bajamos de la mesa y vuelve a subir inmediatamente. Hay que armarse de paciencia, porque sólo aprenderá con años.

El niño dice lo que piensa, no piensa lo que dice. Pregunta a la vecina en el ascensor porqué lleva peircing. Es pura expresividad sin doblez, para el bien ni para el mal. No puede callar si tiene hambre, o dejar de dar botes si se ilusiona. Tiene unos sentimientos asertivos. Por eso entiende la necesidad de dar gracias y pedir perdón -recursos emocionales que con la madurez tendemos a olvidar.

El niño –a diferencia del directivo- sabe que el mundo no depende de él, por eso confía en la gente que lo hace rodar, siendo para él omnipotentes. Sabe que no es autónomo. Y cómo no tiene nada, hay que dárselo todo. Pide, llora y consigue. De la dependencia a la interdependencia.

La supervivencia del niño radica en su relación. Su riqueza es “ser hijo de”. Sabe que estamos unidos a él, que no le dejaremos, y que sentimos sus mismos sentimientos. Por eso presiona con una sonrisa y se da cabezazos en la pared como recurso extremo.

Reivindicar niños en la oficina no es tanto introducir horarios de lactancia como en las fábricas de corcho del siglo XIX. Pero veo claro que personalizar la empresa pasa por aumentar la presencia de lo familiar. Propongo volver a la cultura de las fotografías sobre la mesa del escritorio, o a aquel “papá no corras” de los salpicaderos del automóvil.

Conciliar no es vivir dos mundos separados sino mezclados. Hay que quitarse la careta y reconocer que la primera preocupación de los altos directivos es la adolescencia de sus hijas, como ponen de manifiesto películas como Wall Street II o El Diablo Viste de Prada. La familia es también la raíz de las habilidades profesionales básicas: comunicación, iniciativa, sentido de la responsabilidad –como comentábamos con un profesor de IESE en un congreso sobre competencias.

Poner niños en la oficina es ver a los colaboradores con más sencillez. Adoptar esa actitud paternal de disculpa, de fijarse en lo positivo y ver posibilidades. Descubrir la perpetua niñez del hombre de que nos habla Jaume Balmes: “Los niños ríen y juguetean y retozan, luego gimen y rabian y lloran, sin saber muchas veces por qué; ¿no hace lo mismo, a su modo, el adulto? Los niños ceden a un impulso de su organización, al buen o mal estado de su salud, a la disposición atmosférica, que los afecta agradable o desagradablemente; en desapareciendo estas causas, se cambia el estado de sus espíritus; no se acuerdan del momento anterior ni piensan en el venidero; sólo se rigen por la impresión que actualmente experimentan. ¿No hace esto mismo millares de veces el hombre más serio, más grave y sesudo? (…) Poco basta para extraviar al hombre, pero tampoco se necesita mucho para corregirle algunos defectos. Es más débil que malo (…) Es niño hasta la vejez” -El Criterio.

El niño es el triunfo paradójico de la fragilidad, de la perfecta incompetencia, que exige todo de nosotros. La gran lección de la humildad. El misterio que encierra la navidad. En estos días que celebramos que se hace niño, Aquel que le dijo a un empresario que no entraría en el reino si no volvía a nacer. La actitud de querer ser siempre adulto, acaba resultando pueril.